• Lorena Mayarí Álvarez Moctezuma

Por una historia para todos, especialmente para mis alumnos.




Reiteradas ocasiones he escuchado e incluso leído la célebre obra de “¿Historia, para qué?” y hay tantas razones para historiar todos los días, tantos motivos para entender que esta ciencia no es una asignatura muerta y por demás aburrida, somos nosotros, somos el recuento, somos historia y hacemos historia todos los días, así aquí algunas razones para debatir el: -“no me gusta la historia”, -“me aburre”, “-no me va a servir para nada”.


Cicerón dijo alguna vez que la ciencia histórica es una magistra vitae, dotándole el sentido de maestra y no se equivocaba, sólo quien carece de memoria repite exactamente los mismos errores, y no lo hace por incrédulo, porque disfrute del equivoco, lo hace porque ha perdido la conciencia, y vivir en estado de consciencia es difícil, es un ejercicio de valentía reconocer cotidianamente: quiénes somos y entonces enfrentarnos a las preguntas más difíciles de la osadía de vivir: ¿a dónde voy? ¿Con quién voy? ¿He de recorrer mi camino sola o acompañada? ¿Para qué realizo mis actos?


Y entonces la historia nos resulta útil, porque nos dota de un recuerdo que nos da identidad, no podemos proyectar una vida sino sabemos nuestras raíces

Es humanamente natural preguntarse ¿de dónde vengo? Para poder proyectar a dónde voy. Así que la historia está más viva que nunca cuando nos responde estas inquietantes preguntas que son justo las que le darán el sentido a nuestra existencia.


Ya desde el siglo XVIII Benjamín Franklin dijo “tiempo es dinero” y nadie vamos a negarle a nuestros vecinos del norte su extraordinaria capacidad para crecer y enriquecerse, pero como contraparte nadie podemos ser sólo materia, somos muchos más, no nos sacia sólo el alimento, nuestro espíritu requiere otro tipo de “carne” y ahí está la historia. Pasamos grandes momentos de nuestros días en el recuerdo, de un ser querido que ya no nos acompaña pero que tejió invisiblemente un nexo a través del tiempo con nosotros, un odorama que nos retorna a la casa paterna, a los juegos de la niñez y nos hace sentir feliz, es más, puedo asegurar que recordamos de forma más bella y sutil los momentos de como en realidad fueron, pero esas son trampas del pasado al cual siempre estamos enraizados. Así que a todos nos gusta la historia, o al menos todos la usamos.


La historia ha sido justa, generalmente la escriben los vencedores, pero gracias a un doloso, a un curioso, a un revolucionario que levantó la voz, a un inconforme, se le han dado rostro a los vencidos, sabemos de sus penas, de sus tiempos difíciles y eso es útil, porque se nos ha vendido otra historia, donde sólo se debe ser feliz, con un estereotipo además muy reducido y es entonces donde nuestra ciencia nos vuelve a salvar, no existe para el estudioso del pasado una época perfecta, feliz, no, no es así, hay momentos buenos, momentos de crisis, momentos de creatividad, momentos de crecimiento, que además son dolorosos, igual que en nuestra vida misma, pero además no hay un tipo ideal, la historia es tan magnánima que da cabida a todos, es una mentira querer reconstruir héroes acartonados, perfectos, nuestros héroes vacilaron, como nosotros, dudaron sobre qué camino tomar, algunos hicieron del romance su bandera y probaron cuantos labios pudieron, otros encontraron en la guerra la manera de domar al corazón latente que llevaban a cuesta, otros prefirieron las letras considerando que eran más mordaces que las balas, otros anduvieron en búsqueda de un sistema político y buscaron hasta hallar el suyo, otros jamás estuvieron dubitativos y siempre sintieron certezas, así que la historia tiene un rostro para todos. Porque como dijo Marc Bloch la historia es “…es una ciencia del espíritu humano. Es la ciencia de los hombres en el tiempo” No es como muchos han tratado de mal educar: fechas y nombres.


Pero además la historia nos hace reflexionar, Eduardo Galeano, expresó en su magnífica pluma: “La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia atrás: por lo que fue y contra lo que fue, anuncia lo que será”. Creo firmemente que el ser humano debe ser educado de manera íntegra, y que así como hay un pensamiento matemático, así como desarrollamos habilidades lingüísticas, debemos educar en un pensamiento histórico, que nos salve de las tragedias cotidianas, quién sufre con la pandemia, no quiere reconocer en ella un aviso histórico, que además ha usado muy bien las categorías de la historia, que son: espacio y tiempo, pues baste hacer un recorrido en una línea del tiempo, para reconocer que en episodios de crisis, asolan las enfermedades, pero no como un fenómeno aislado, sino acompañado de desastres naturales, de desórdenes ecológicos, de economías deficitarias, entonces en un pensamiento histórico no cabe solo la queja, sino el espacio de reflexión de ¿por qué? ¿Por qué con cierta regularidad? ¿Qué no hemos aprendido, que la lección retorna?


Así que para mí la historia es la carne de todos los días, se incluye en mi despensa básica, es una manera de vivir. Mi escritor de literatura favorito, Gabriel García Márquez, plasmó alguna vez que “recordar es fácil para quien tiene memoria; olvidar es difícil para quien tiene corazón” Y yo lucho todos los días porque mis clases de historia sean alimento para el corazón, que no sean olvidadas, y no por vanidad o ego, esas son, como diría Octavio Paz “trampas de la fe”, quiero que no se olvide que todos somos resultado de una historia, al principio como seres humanos, somos el resultado de una historia de amor tan frenética que nos dio forma, luego, como en las sociedades tribales somos un tejido multicultural de todos aquellos que nos formaron: abuelos, tíos, primos, amigos del barrio o la cancha, y cuando nuestra identidad está lista comenzamos a tejer y a ser con los demás, construyendo historias de amistad, de leguas de viaje, del cole…todo el tiempo haciendo historias y cuando se acerca el tránsito a otra dimensión, dejamos en los demás una historia compartida, así que no…. A nadie le incomoda la historia y si lo hace, tranquilo, estás a tiempo de reescribir la mejor versión de tu personaje.



Lorena Mayarí Álvarez Moctezuma

Docente de Historia nivel Preparatoria

INEDI Gabriel Méndez Plancarte

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